PALESTINA
ROGER GARAUDY
I.
LA CIVILIZACIÓN CANANEA
La
historia de Palestina siempre ha sido deformada por motivaciones religiosas o
políticas de los investigadores.
El
afán propiamente histórico y científico, como tomar conciencia de la aportación
de tal o cual período o de una u otra región a la historia humana, preguntarse
lo que un pueblo y su civilización han aportado a la forma humana, este afán,
repetimos, en lo que a Palestina concierne, casi siempre ha quedado oculto,
consciente o inconscientemente, en el plano de la investigación y todavía más
en el plano de la interpretación.
Desde
los comienzos de las investigaciones arqueológicas en Palestina en el siglo
XIX, la perspectiva histórica ha sido falseada por un prejuicio religioso: al
ser la Biblia el documento básico, las preguntas son planteadas ateniéndose a
dicho texto, cuyo problema principal reside en su historicidad.
¿Dice
la Biblia la verdad?
Entre
abril y mayo de 1.861, acompañando a la expedición decidida por Napoleón III
contra los drusos del Monte Líbano, Ernesto Renán visita Palestina. A su
regreso, escribe de un tirón su Vida de Jesús.
Para
otros, es preciso a toda costa que la Biblia diga la verdad. Cuando en 1.865 se
crea, en Londres, el primer centro de investigaciones arqueológicas de
Palestina, «Palestine Exploration Fund», sus objetivos están claramente
definidos. Los estatutos de la fundación precisan que se trata de llevar a cabo
«una investigación exacta y sistemática, arqueológica, topografía, geológica
y etnológica de Tierra Santa, a fin de esclarecer el relato bíblico».
La
interferencia constante de la teología y de la historia conduce a exigir a la
historia o a la arqueología que testifiquen en favor o en contra de la ley. Lo
que supone, por otra parte, una muy pobre concepción de la fe, confundida con
la creencia, concepción positivista según la cual la fe consiste en considerar
históricamente como auténticos tales o cuales «hechos» -lo que significa la
creencia, por no decir credulidad-, mientras que la fe, superación eterna del hecho
(de lo que ya está hecho), es esperanza, amor, voluntad incondicional de
anticipar sobre lo que hay que hacer para realizar el Reino de Allâh;
certidumbre de que lo ideal es más auténtico que lo real, y que nosotros somos
responsables de su realización.
Los
textos de la Biblia son a menudo testimonios sublimes de lo que los hombres han
podido crear como imagen ejemplar de lo que existe en ellos de divino. ¿Qué
nos importa, entonces, que el héroe de la leyenda de Abraham sea mítico o de
carne y hueso? La fe no depende de semejante elección, que vendría a apoyar o
a invadir un determinado hallazgo arqueológico. La fe es la certeza de que el
hombre puede realiza en las tareas más terrenales «los movimientos del
infinito», como escribía Kierkegaard en su incomparable meditación sobre «Abraham,
paladín de la fe»1, y, a partir de esta certeza, existe la voluntad de
hacer de nuestras acciones una respuesta incondicional al llamamiento de Dios,
según el arquetipo ejemplar del sacrificio de Abraham.
La
investigación histórica se libera así de una concepción positivista de la
religión (judía, cristiana o musulmana), que mezclaría la fe y el hecho
olvidando que la fe es del orden de querer y no de atestiguar, no de la sumisión
al hecho y a lo realizado -al hecho consumado-, sino, por el contrario, de la
sumisión a la llamada de Allâh, para apartarnos del hecho consumado y
superarlo mediante la creación de un futuro con rostro humano y divino2.
Cuando Emmanuel Anati escribe, por ejemplo: «Ni uno solo
de los personajes que figuran en las historias de los patriarcas puede ser
identificado con un personaje mencionado en los textos históricos... La
arqueología demuestra solamente que grupos similares al clan de Abraham erraban
por el desierto sirio, Jordania, Negef y el Sinaí durante aquel período»3,
podría generalizar muy ampliamente, entregándose al mismo análisis histórico
sobre la Ilíada. También ésta es una leyenda, es decir, una epopeya
escrita después de un largo período de tradiciones orales que, como las
canciones de gesta de la Edad Media occidental, o las epopeyas de la India, como
el Ramayana o el Mahabarata, no son puras ficciones poéticas:
enfrentamientos históricos reales y movimientos de pueblos han sido ensalzados
y traspuestos por los poetas, y generaciones de hombres hallaron en Héctor,
Roland o Rama los mejores modelos de una vida de hombre y la encarnación del
genio de una civilización. Esto es por completo independiente del notable
trabajo de los historiadores y de los arqueólogos que, como Schlieman en 1.870,
o Doerpfeld desde 1.932 a 1.938, encontraron y estudiaron el emplazamiento de
Troya, identificando los vestigios de sus murallas, que fueron pasto de las
llamas, al igual que sacaron a la luz las ciudades y los palacios de los reyes
micénicos, vencedores de los troyanos en la epopeya homérica.
La
grandeza poética, moral y mítica de los héroes fundadores, que tanto han
aportado a la forma humana, no dependen de esta confrontación entre la leyenda
y la historia.
La
actitud inversa, la de la confusión entre el hecho y la fe, conduce a
ingenuidades cuando las conclusiones «teológicas» preceden a la investigación
histórica o arqueológica y la constriñen. Cuando, por ejemplo, el biblista
alemán Sellin publica en 1.913 el acta de sus excavaciones en Jericó, señala
que efectivamente ha encontrado murallas desplomadas, y en el acto cree haber
visto el derrumbamiento de las murallas al son de las, tropas de Josué (Josué
6, 20).
En
realidad, investigaciones ulteriores han establecido, como lo recuerda el padre
De Vaux, que «al haber llegado los israelitas a finales del siglo XIII antes de
Jesucristo, no pudieron conquistar Jericó porque Jericó estaba a la sazón
abandonada»4.
Otro tanto ocurre con la conquista de Ai «por Josué (Josué 8, 1- 19). El
padre De Vaux subraya: “de todos los relatos de la conquista, éste es el más
detallado: no encierra ningún elemento milagroso y parece el más verosímil.
Por desgracia es desmentido por el arqueólogo... En el momento de la llegada de
los israelitas, no había ciudad alguna en Ai; había sólo unas ruinas con mil
doscientos anos de antigüedad”»5.
La
honestidad del historiador y del arqueólogo triunfan, en este hermoso libro del
padre De Vaux, sobre el deseo profundo de que la historia sea testimonio de la
autenticidad del relato bíblico. Su frase «por desgracia» así lo indica.
Encontramos
sentimientos similares en la mayoría de los historiadores de Palestina.
Emmanuel Anati escribe por ejemplo: «Es sorprendente que en ningún
texto egipcio aparezca la menor huella, ni siquiera una alusión, a una estancia
tan larga de los hebreos en el país de los faraones»6.
Habría
experimentado idéntica «sorpresa» al comprobar que no existe huella, fuera
del Antiguo Testamento, de aquella salida de Egipto en el curso de la cual,
después del milagro del paso de los hebreos ante los cuales se abre y aparta el
mar, los ejércitos del Faraón fueron tragados por las aguas. Ni siquiera una
alusión en los textos egipcios a un acontecimiento tan considerable como el
aniquilamiento de un ejército, en tanto que existen en los informes de los
guardias fronterizos de la misma época toda clase de detalles acerca del tránsito
de minúsculas tribus nómadas7.
¿Por
qué se siente «sorprendido» Anati? ¿Tan importante sería para él que al
menos una mínima parte del pergamino autentificase la apasionada leyenda del Éxodo,
en la que el narrador ha creado un modelo eterno de la relativización de todos
los poderes, incluso del Faraón pretendiendo usurpar la omnipotencia de Dios,
de la liberación incondicional de todas las servidumbres ante el llamamiento de
Dios y de sus mensajeros?.
Es
más grave que esta orientación teológica, inconsciente quizá, conduzca
incluso a la ceguera en ciertas ocasiones. Anati cita8
el texto del Génesis 11, 31-32: «Teraj tomó a Abraham su hijo y...
salió de Ur de los Caldeos en dirección a Canaán; llegado a Harán, se
estableció allí. Teraj vivió doscientos cinco años y murió en Harán».
Anati
se queda impasible ante la edad de Teraj. Pasa por alto el anacronismo que
supone hablar de «Caldea» en tiempos de Abraham, cuando lo cierto es que el
nombre de «Caldea» sólo apareció por vez primera en los anales de
Asurbanipal (884-859), y, por consiguiente, el autor de este texto del Génesis
no pudo escribir sino más de mil años después del supuesto acontecimiento.
Anati prosigue imperturbable: «Merced a este relato sabemos (we learn)
que Caldea era el lugar de origen de los israelitas»9.
Podríamos
multiplicar los ejemplos entre los arqueólogos más concienzudos. Nos
contentaremos con demostrar a qué extremos de ingenuo delirio ha podido
conducir a los investigadores semejante motivación inconsciente. El padre Buzy,
uno de los pioneros de la prehistoria Palestina al describir, en 1928, en la Revue
Biblique, un instrumento de sílex que había encontrado en los límites
del Néguev y del Sinaí y que se remontaba a 10.000 ó 15.000 años atrás,
escribe: «Sea cual fuere... la cronología exacta de estos tiempos inciertos,
un exegeta no pudo por menos de mirar con simpatía a una tribu magdaleniense
que vive y trabaja al sur de Palestina... Todo cuanto atañe a la historia de
Tierra Santa nos interesa; no puede dejarnos indiferentes el hecho de saber que,
durante varios años o varios siglos, una tribu magdaleniense montaba guardia en
la ruta del Sinaí, a la entrada de Canaán».
Para
demostrar hasta qué punto de racismo salvaje la utilización política de la
Biblia puede inducir a un historiador, citaremos solamente a uno de los casos más
notorios, el historiador americano William Foxwell Albright; en su libro: De
la Edad de piedra a la cristiandad. El monoteísmo y su evolución,
justifica las «exterminaciones sagradas» de la conquista de Canaán; luego, el
pasaje en que los invasores se conforman con expulsar a los autóctonos (Jueces
1, 8): «Los hijos de Judá atacaron Jerusalén y la conquistaron, la pasaron a
cuchillo y prendieron fuego a la ciudad»; después «Dios despojará ante
vosotros a los cananeos...» (Josué 3, 10); «Yo expulsaré ante ti a
los cananeos» (Éxodo 33, 2).
Después
de haber recordado el ejemplo de la caza de indios en su propio país, añade:
«Es posible que los americanos tengamos menos derecho que la mayoría de las
naciones modernas, a pesar de nuestro sincero humanismo, a juzgar a los
israelitas del siglo XIII antes de Jesucristo, puesto que hemos exterminado, con
o sin intención, a millares de indios en todos los rincones de nuestro gran país,
y hemos reunido a los que sobrevivieron en grandes campos de concentración».
Añade,
en una acotación de la misma página 205, esta auténtica profesión de fe
racista: «La filosofía de la historia, que es un juez imparcial (sic),
a menudo considera como algo necesario la desaparición de un pueblo de tipo
netamente inferior, que debe dejar paso a un pueblo poseedor de facultades
superiores, ya que, a partir de cierto nivel, las mezclas de razas son
desastrosas». Lo que le permite concluir, a propósito de Canaán: «Los
israelitas de la conquista eran, afortunadamente para el porvenir del monoteísmo,
un pueblo salvaje dotado de una energía primitiva y de una implacable voluntad
de vivir, ya que por haber sido diezmados los cananeos no fue posible la fusión
completa de dos pueblos emparentados; y esta fusión habría debilitado el judaísmo
de forma inevitable y extrema»10.
Era
preciso recordar aquí en qué atmósfera religiosa y política se desarrolla la
investigación, en lo concerniente a la historia de Palestina, a fin de poner de
relieve las dificultades de un estudio sereno.
Durante
largo tiempo la civilización cananea no ha sido conocida (antes bien
desconocida o desvirtuada), sino a través de quienes la odiaban: sobre todo los
redactores del Deuteronomio, más proclives a excluirla que a describirla.
La
primera síntesis sobre la civilización de Canaán, Canaán según la
reciente exploración. escrita en 1.900 por un dominico, el padre Vincent,
simple visitante de las excavaciones en las que se buscaba bajo la dirección de
Parker la tumba de David, no nos dice mucho más que los relatos bíblicos
acerca de Canaán.
Sólo
a partir de 1.929 resultaría posible una investigación seria, con las primeras
publicaciones sobre los hallazgos de Ras-Shamra, auténtica «biblioteca» que
permitió una reconstitución parcial de la «Biblia cananea». Fueron aclarados
los datos más antiguos de las tabilla de El Amarna, cartas de vasallos cananeos
a los faraones Amenofis III y Amenofis IV (Akhenaton) en el siglo XIV antes de
nuestra era, y los “textos de execración”, inscripciones en los nombres de
los príncipes cananeos en recipientes que eran hechos añicos cuando dichos príncipes
cometían traición (siglo XX antes de Jesucristo). Los archivos de los reyes de
Mari, exhumados por André Parrot en 1.734, nos informan sobre las migraciones
amorreas de comienzos del segundo milenio. El descubrimiento realizado en 1.975
por la misión italiana de Paolo Matthiae, de 17.000 tablillas del Palacio Real
de Ebla, en Siria, no sólo reveló la originalidad, con relación a Mesopotamia
de la civilización Siria, sino asimismo la irradiación de su propia cultura
durante casi un milenio (de 2.400 a 1.600 a. de J.C.), desde el Eufrates al Nilo.
Tales
son las principales fuentes gracias a las cuales es hoy posible reconstruir, a
partir de sus propias raíces y en su desarrollo, la civilización cananea y la
unidad del Creciente Fértil.
La
civilización cananea -como por otra parte todas las grandes civilizaciones de
la historia- nació de una mezcla de numerosas etnias que, en el transcurso de
los siglos convergieron hacia el Creciente Fértil; algunas de las cuales, sin
duda alguna, llegaron hasta su extremo occidental, Canaán, para instalarse allí.
No
obstante, podemos hablar de una Civilización Cananea puesto que, a través de
la diversidad de las aportaciones étnicas, se expresa la continuidad de un
mismo desarrollo enriquecido precisamente por estas aportaciones ya sean semitas
con, entre otras, las amorreas, las arameas, las hebreas, las nabateas, o
indo-arias, con los hurritas, o procedentes de Creta y del Mediterráneo, como
los filisteos.
«El
inicio de la (una i versal) Edad de bronce (3.100 a. de J. C.)», escribe el
padre De Vaux11,
«significaría la primera instalación de los semitas en Palestina. Ya se les
puede llamar cananeos, siguiendo la costumbre de la Biblia, que da este nombre a
los habitantes semitas de Palestina antes de la llegada de los israelitas; mas
hay que tener en cuenta que este nombre es convencional: Canaán no aparece
mencionada en los textos antes del segundo milenio».
Durante
el período que los arqueólogos llaman la «antigua Edad del bronce»
(3.100-2.200), Palestina estaba en la zona de influencia de los Imperios mesopotámicos,
ya se tratase del de Lugalzaggisi, que se hacía llamar «el rey del mundo», de
Sargón de Akad de Naram-Sin, o, en el siglo XX, de Hammurabi.
Palestina
era a la sazón un país floreciente que un texto singular -la novela de un príncipe
egipcio emigrado, Sinouhit, hacia el ano 2.000- describe con glotonería: «Había
higos y uvas, y el vino era allí más abundante que el agua. Había miel en
cantidad, abundancia de olivos, y toda clase de frutos crecían en los árboles»12.
Era la época en que, a raíz de la invasión hitita procedente de Anatolia,
Babilonia iba a ser conquistada en 1.926, y en que nómadas oriundos de Asia
Central, los kasitas, se apoderarían de Babilonia entera. Palestina ya no
dependía de Mesopotamia, ni tampoco de Egipto, aunque éste ejerciera ya su
influencia.
La
prosperidad agrícola, evocada por Sinouhit, demuestra que la población estaba
constituida por agricultores y ganaderos sedentarios, y también por mercaderes,
puesto que en las excavaciones arqueológicas se han descubierto utensilios y
armas de bronce en los que el cobre procedía de Anatolia.
La
característica de esta época es la existencia de fortalezas poderosas pero
exiguas (Gézer, entre las más grandes, sólo tiene un perímetro de 1.200
metros, y Jericó de 778 metros), que constituían más verosímilmente una
reserva de alimentos y un refugio en caso de ataque antes que un hábitat
permanente. El abastecimiento de agua estaba asegurado por medio de
canalizaciones hidráulicas subterráneas (a unos 30 metros de profundidad de Gézer,
con una longitud de 70 metros para captar la fuente más próxima).
La
civilización cananea era entonces lo bastante fuerte para absorber e integrar a
inmigrantes tales como los que llegaron hacia 2.600, de Transcaucasia, como lo
atestiguan las cerámicas de nuevo cuño de Khirbet Kerak. Los mencionados
inmigrantes fueron rápidamente asimilados.
Por
el contrario, la situación cambió cuando todo el Creciente Fértil se vio
afectado, desde Mesopotamia a Egipto, por múltiples invasiones que se
prolongaron varios siglos.
La
oleada más poderosa fue la de los amorreos que, procedentes del desierto sirio,
se enfrentaban incluso a las mayores potencias. Por su causa, el penúltimo rey
de la tercera dinastía de Ur, Shu-Sin (2.048-2.039) había hecho construir una
línea de defensa; una carta dirigida a su sucesor, Ibbi Sin (2.039-2.015),
comunica que «los amorreos (Mar-tu), en su totalidad, han penetrado en el
interior del país, tomando las grandes fortalezas una tras otra».
Los
textos de la época dejan traslucir este terror ante gentes que no conocían el
trigo, las casas, ni las ciudades. El «mito de las bodas de Amurru» (dios que
da su nombre a los amorreos), nos describe a ese «hombre que desentierra las
trufas al pie de las montañas, que no sabe doblar las rodillas (para cultivar
la tierra), que come carne cruda, que nunca tiene una casa en vida, y que no es
sepultado cuando muere».
La
angustia no es menor en el extremo opuesto del Creciente Fértil, en Egipto. El
faraón Ammenemes I (1.991-1.962) manda construir una línea de fortalezas: «El
muro del príncipe», del que habla la novela de Sinouhit.
Otro
faraón, en sus «instrucciones para Merikaré», su hijo, lo pone en guardia
contra «el malvado asiático... que no habita en ningún lugar, cuyas piernas
están siempre en movimiento. Ha estado en guerra desde los tiempos de Horus; no
conquista, ni es conquistado. No anuncia el día de la batalla; como un ladrón...
puede despojar a una persona sola, pero no ataca una ciudad bien poblada»13.
Las
infiltraciones fueron controladas en Egipto, pero Palestina fue asolada por el
maremoto. La vida urbana fue barrida, la fortalezas destruidas: Hazor, Megiddo,
Beisán, Jericó, Ay, Khirbet Kerak. La civilización de la antigua Edad del
bronce fue desmantelada. Los supervivientes acampaban sobre las ruinas.
Aquella
civilización, empero, era tan vigorosa que asimiló a sus invasores. La vida
urbana floreció de nuevo.
Las
estructuras sociales parecen haber cambiado en la tormenta: en los textos más
antiguos de «execración», los de Luksor (1.850), las ciudades-Estado
designadas llevan varios nombres de jefes, como si existiesen en estas
circunstancias los vestigios de una antigua «democracia tribal». En tanto que,
en las más recientes, los de Saqqara (1.800), cada ciudad tiene un solo príncipe,
y esta estructura «feudal» es confirmada por la arqueología ya que las
excavaciones han sacado a la luz espaciosos y ricos palacios de «nobles», y
barrios de casas de exiguas proporciones. Los últimos «textos de execración»
revelan igualmente que los dioses a la sazón honrados en Palestina (y cuya
evolución ulterior seguiremos con las tablillas de Ras-Shamra) son
esencialmente dioses agrícolas, como Hadad, otro nombre de Baal, dios de la
tempestad y del huracán, pero al propio tiempo dios de las nubes y de la lluvia
que fertiliza la tierra. Esto marca una nueva etapa del asentamiento definitivo,
y de la economía de cultivo.
Ganaán
levanta otra vez murallas en torno de sus ciudades, y durante el período medio
de la Edad del bronce (de 1.800 a 1.550), conoce un auténtico renacimiento.
Su
expansión es tal que, en su desbordamiento llega, sin combate, hasta Egipto:
parece ser que los hyksos, quienes reinaron en Egipto durante siglo y medio (
1.700- 1.550) adoptando el sistema de gobierno centralizado, procedían de Cananán.
En
la época en que los hyksos fueron expulsados de Egipto, una nueva tempestad
azotó el este del Creciente Fértil, y sus repercusiones afectarían a
Palestina.
En
1.595, los hititas, oriundos de Anatolia, conquistaron y saquearon Babilonia,
pero, al retirarse después de su razzia, Babilonia entera fue invadida por los
kasitas que, desde hacía un siglo, procedentes de las montañas del este,
recorrían las fronteras del país de los dos ríos, el Tigris y el Eufrates. La
dinastía de Hammurabi (que había conocido su Edad de Oro en el siglo XVIII,
como lo demuestran las tablillas de Mari, archivos de Zimri-Lin), el último rey
de Mari (1730-1700), cuyo esplendor había brillado hasta entonces desde el
Eufrates hasta el Mediterráneo, fue destruida, y unos recién llegados
surgieron en la escena de la historia del Próximo Oriente, los hurritas y el
reino de Mitanni, que fundaron en la alta Mesopotamia, en la segunda mitad del
siglo XVI. Hacia 1500, los dominios del de Mitanni se extendían desde el Tigris
al Mediterráneo. La identidad de los nombres de los hurritas y de sus dioses
con los de la India, como lo demuestran los textos de Nuzi (cerca de Kirkuk) en
el siglo XV, confirma que su grupo lingüístico era ario: «Fue la primera
entrada de los arios en el Próximo Oriente»14.
La
primera consecuencia de la llegada de los hurritas del reino de Mitanni a
Palestina, a comienzos del siglo XV, fue el reforzamiento del régimen feudal:
los jinetes hurritas , con sus corazas de escamas de bronce y sus carros de
combate, no impusieron su lengua ni su religión, puesto que eran una minoría,
sino su soberanía.
Las
cartas de Amarna, entre los nombres de príncipes palestinos incluyen a tantos
hurritas como cananeos, mientras que en el plano menos elevado de la jerarquía
los nombres hurritas son cada vez menos numerosos.
Una
vez más los conquistadores, a pesar de constituir la clase dominante, fueron
asimilados por la civilización cananea.
En
Palestina, la hegemonía hurrita fue de corta duración: el faraón Thutmés III
(desde su advenimiento al trono en 1469) marchó sobre Gaza y derrotó, en
Meggido, a los príncipes palestinos coaligados.
Después
de numerosas campañas ganó, en 1457, el Eufrates en las proximidades de
karkemich. El reino de Mitanni, obligado a retroceder hasta su frontera del
Eufrates, había perdido su hegemonía en el Oriente Medio donde Egipto reinaba
en adelante.
Palestina
se había convertido en una provincia de Egipto, y, por consiguiente, sus príncipes
eran vasallos del Faraón.
Sobre
esta nueva página de su historia política, los textos de Amarna (del siglo
XIV) proporcionan abundante información.
Se
trata de 320 tablillas de arcilla cocida, cubiertas, en lengua babilónica, de
caracteres cuneiformes. Fueron descubiertas en 1887, cerca del actual pueblo de
Tell el Amarna, 130 kilómetros al sur de El Cairo, en las ruinas de la antigua
capital creada por el faraón Amenofis IV ( 1402-1364) cuando quiso escapar al
dominio de la teocracia de los grandes sacerdotes del dios Amón, en Tebas. Este
extraordinario reformador religioso, rompiendo con el politeísmo tradicional,
ordenó suprimir en todas partes el plural de la palabra Dios, convirtiéndose
en el profeta de un Dios único, creador del cielo y de la tierra, y de la vida
toda, guía de la conducta justa de los hombres. El símbolo de este Dios era el
disco solar (Atón), cuyos rayos estaban rematados por manos que daban la vida.
Amenofis
resumió su profesión de fe en uno de los poemas más hermosos de la historia,
el «Himno al sol», del cual nos ocuparemos más adelante, comparándolo con el
Salmo 104 de David, cosa que nos permitirá apreciar la contribución que aportó
a la espiritualidad Palestina y a la humanidad entera15.
Este
faraón cambió su propio nombre por el «Akhenaton» (el que es fiel a Atón),
y llamó a su nueva capital Akhetaton («el horizonte de Atón»).
Allí
hizo transportar los archivos reales de su padre y también los suyos. En ellos
se conserva medio siglo aproximadamente ( 1402-1347) de correspondencia diplomática
con los soberanos de Mesopotamia y los príncipes de Canaán.
Se
encuentran en ellos elementos que permiten reconstruir las estructuras de la
sociedad cananea: su aristocracia cananea y hurrita, los mercaderes de sus
ciudades fortificadas, su pueblo de agricultores, y también los
inclasificables, los marginados, los sin tierra, y sus hordas amenazadoras, los
«habiru» o «apiru», sobre cuyo papel nos detendremos más adelante, contra
los cuales los príncipes de Canaán solicitan al Faraón fuerzas de represión:
no ejércitos precisamente, puesto que no se trata de invasores, sino antes bien
una policía (las no van más allá de una cincuentena de hombres armados), de
una escolta cuando el señor feudal sale de su fortaleza. El rey de Jerusalén,
Abdhi Khiba, envía al Faraón llamamientos angustiosos: «Las provincias del
rey son devastadas, pero tu no me escuchas. Todos los gobernadores son
exterminados... Si tropas vinieran este año, las provincias del rey podrían
ser protegidas, pero si no vienen... el país entero caerá en manos de los
habiru»16.
El
caos resulta aún más insuperable, puesto que estos príncipes se denuncian
mutuamente, y contratan a los habiru como mercenarios para luchar contra sus
vecinos. El rey de los hititas, Suppiluliuma (que accede al trono en 1370),
incita desde Siria las querellas de los príncipes palestino, y las mantiene
para que su tutela sustituya a la de Egipto. Después de sus victorias contra el
reino de Mitanni, es el único rival de los faraones cuyos vasallos trata de
atraerse. Incluso cuando los faraones Seti I (1303-1290) y Ramsés II (
1290-1224) intentaron recuperar el control de Palestina, a pesar de la victoria
obtenida en Qadeshi ( 1281) por Ramsés II, que cubrió con el relato de sus
hazañas aquella batalla, los muros de sus templos de Egipto y de Nubia, fue
concluida una paz bastarda con los hititas, una especie de pacto de no agresión,
mediante el cual los hititas se comprometían a no intervenir más en Palestino.
No por eso dejó de aumentar la anarquía, y llegó al punto culminante cuando
los «Pueblos del mar» (los filisteos) procedentes de Creta y del mar Egeo a raíz
de las invasiones dorias, a finales del siglo XIII y a principios del XII,
desembarcaron en la costa y conquistaron las tierras del interior.
En
este período de desintegración política en Palestina, una nueva oleada de nómadas
semitas, de la misma procedencia que antaño los amorreos y los cananeos, se
presentó a su vez en busca de tierras en el conjunto del Creciente Fértil, y
siguieron los mismos itinerarios: desde los desiertos de Arabia y las llanuras
del este, trataron de establecerse en el delta del Tigris y del Eufrates en la
alta Mesopotamia (alrededor de Harran), en Siria, en Palestina. Es la gran
emigración aramea, en la que los hebreos son un grupo más entre los otros.
Este
movimiento arrastró a los habiru (los sin tierra) cualquiera que fuese su
origen. Se llama arameos a aquellos que no pasaron de Siria y que echaron raíces
allí (con éxito, por otra parte, puesto que su lengua, el arameo, que era
también la de sus compañeros hebreos, pasó a ser, a partir del siglo V, la
lengua hablada en todo el Próximo Oriente. Será la lengua, por ejemplo, de
Jesucristo).
Los
hebreos se infiltraron en Palestina; algunos de ellos, con otros habiru,
penetraron en Egipto.
Antes
de abordar esta nueva etapa de la historia de Palestina es necesario, para poner
de relieve lo que será la aportación histórica de esta nueva migración,
hacer el balance de la civilización cananea.
Los hebreos, como sus predecesores de las migraciones nómadas anteriores, oriundos de la misma fuente, se instalaron en Palestina, se beneficiaron de esta civilización y, en el curso de estos tres siglos, la enriquecieron con sus aportaciones sin romper su continuidad fundamental.
[1]Soren Kierkegaard, Temor y temblor. Obras completas (1.972), páginas 104 a 145.
[2]Estas observaciones preliminares no son una “digresión teológica”. Sin embargo, son absolutamente necesarias en una “Historia de Palestina”, que para que no se confunda la investigación científica con el “sacrilegio”. Que cualquier texto bíblico carezca de “fundamento” histórico, o incluso esté en contradicción radical con la arqueología, no tiene ninguna relación con la fe judía, cristiana o musulmana. Se trata tan solo de dejar en libertad a la investigación histórica al objeto de que no confunda la realidad histórica con la verdad de la fe.
[3]Emmanuel
Anati: Palestine before the Hebreus. Londres, 1.963, p. 37.
[4]Père R. De Vaux (O.P.), Histoire ancienne d´Israel. Ed. Gabalde, 1.971, página 562.
[5]Ibídem, p. 565.
[6]Op. cit., p. 389.
[7]Ejemplo: Papiro Anastasio VI, 51-61. Citado en Textes du Proche Orient ancien et histoire d´Israel, de Briend y Seux; ed. du Cerf. 1.977, p. 68, y en textos de la Bible et de l´Ancien Orient, ed. Delachaux et Nesllé, Neuchatel, 1.961, p. 42.
[8]Op.
cit., p. 382.
[9]Ibídem.
[10]W.
F. Albright es un especialista eminente en materia de Palestina: fue
director de la “American School of Oriental Researchs” en Jerusalén,
y el libro que acabamos de citar fue prologado, en su traducción
francesa, en 1.951, por André Parrot, a la sazón conservador en jefe de
Arqueología Oriental en el museo de Louvre. Albright es autor, aparte de
las monografías de sus excavaciones, especialmente en Tell Beit Mirsim
(1.932-1.938) de otra obra de síntesis. The
Archaelogy of Palestine (Londres, 1.963).
[11]Op.
cit., p.57.
[12]A.
H. Gardiner, Notes on the story of Sinuhe
(1.916).
[13]Textos citados por el padre De Vaux, op. cit., pp. 64-67.
[14]Pere de Vaux, op. cit., p. 87.
[15]Es extraño que, cediendo a las fascinaciones arcaicas de la historia militar, incluso el padre De Vaux, en su bello libro Histoire ancienne d´Israel, pueda escribir: «El Faraón de la conquista fue Tutmés III (1468-1436), el más grande soberano de Egipto haya tenido jamás... A su muerte, dejó a su hijo un imperio organizado que se extendía desde el Sudán hasta el Eufrates» (paginas 92-93). El «Dios de los ejércitos»del Antiguo Testamento debió impedirle ver que de este imperio no queda nada, y que no desempeña ningún papel en nuestras vidas de hombres. Un historiador menos influenciado por la historia tradicional, obsesionado por poner siempre en primer plano reyes y guerras, podrían muy bien haber escrito refiriéndose a Akhenaton: a su muerte dejo a los hijos de todos los hombres la primera imagen profética de un monoteísmo que, transcurrido treinta y tres siglos, no ha cesado de ser, en el corazón de los vivos, un fermento de eternidad.
[16]Citado por Rappoport, Histoire de la Palestine, p. 73.